viernes, 11 de julio de 2025 01:50
Tuvo todas las oportunidades Javier Milei de evitarse la jornada de ayer. No sólo no lo hizo, sino que promovió desde el primer día el desastre que ahora enfrenta, arrodillado frente a la fuerza de gobernadores y legisladores, que le ofrecen un curso rápido de política básica para que entienda cómo se juega este juego donde él mismo reparte las cartas. Milei ganó la elección y se confundió. Comenzó a actuar como un emperador romano y de la etapa decadente de Roma. Asumió de espaldas al Congreso de la Nación, tildando de ratas a los diputados y senadores. Avisó que iba a mear a los gobernadores. Repartió insultos a diestra y siniestra, sin advertir que ciertos gestos que se le festejaban como candidato alocado, ya no correspondían desde el ejercicio del cargo institucional más importante de la República. Se le perdonaron sus excesos y sus provocaciones. Una y otra vez. Consiguió aliados en el Congreso. Los gobernadores lo acompañaron para firmar su pacto. Pero él siguió apretando el acelerador, siguió provocando, siguió obrando como el amo cruel ante sus esclavos. Y un día se le terminó el show.
El Senado de la Nación le asestó a la gestión libertaria el más duro golpe que haya recibido desde que tomó el poder. Los senadores se reunieron, pusieron la agenda, su agenda, sobre la mesa y empezaron a aprobar, uno tras otro, todos los proyectos que necesitaban. Lo hicieron porque participaron en la jugada peronistas, radicales y legisladores de otras fuerzas. Lo hicieron porque cada gobernador instruyó con el mismo libreto a sus legisladores. Lo hicieron porque los mandatarios provinciales venían advirtiendo que lo harían y nadie los tomó en cuenta. Dialogaron, pidieron, reclamaron, se quejaron. Todo fue en vano. Y bueno, las consecuencias eran previsibles.
Milei grita ahora que le quieren destruir el Gobierno. Patricia Bullrich habla de golpe institucional. Acusan a la oposición, a la prensa, a su propia vicepresidenta. A todos, con el perfil típico del psicópata que culpa a la víctima por los daños que él mismo le provocó. No hay culpables: son las reglas de juego que Milei eligió, es la cosecha de lo que el propio Milei sembró. Lo sembró al renunciar al diálogo, lo sembró al agredir sistemáticamente, lo sembró al tomar recursos ajenos, lo sembró al asfixiar a las provincias y basurear a los gobernadores. Era lógico e inevitable que reaccionaran. En todo caso sorprende que no haya ocurrido antes, quizás porque los mandatarios hicieron gala de respetar investiduras, aun cuando no se les correspondiera con la misma moneda. Milei no quiso respetar las reglas de juego, pero la democracia demostró que cuenta con antídotos para esa conducta irracional, autoritaria y prepotente. Tiene la oportunidad de entenderlo ahora, o acelerar su debacle.
El Esquiú.com
