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Algo en que pensar mientras lavamos los platos

Rodrigo L. Ovejero

Entre otras muchas cosas que escribió Arthur C. Clarke, acuñó el concepto de que cualquier tecnología lo suficientemente avanzada es indistinguible de la magia para el hombre común. He tenido ocasión de comprobarlo en muchas oportunidades, atónito ante los logros de la ciencia y la técnica en mis años de vida. Aún hoy observo los surcos en los discos de vinilo (que no son precisamente tecnología de punta) y me preguntó cómo sale música de allí, mientras lo miro como un homínido mira el monolito en 2001 Odisea del espacio.

Ahora bien, el concepto de Clarke nunca se demostró tan claramente como en el caso de mi Nona Dina y el microondas.

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Mi abuela materna vivió toda la evolución de la energía calórica aplicada a la cocina. Desde sus primeros años de vida, en los cuales cocinaban con fuego, hasta llegar al uso del gas (el descubrimiento del magiclick la impactó, también, como a todos) y por último la revolución del microondas. Por ponerlo en perspectiva, es el equivalente a haber presenciado las primeras ruedas rudimentarias talladas en piedra hasta llegar al viaje espacial. Si a mí, que había visto microondas en películas y leído sobre ellos, la llegada de ese artefacto me impactó, a mi abuela debió resultarle una experiencia alucinante. Desde aquellas mañanas heladas de su niñez, en las que recorría las tierras italianas juntando leña para la comida hasta aquel presente en el que podía preparar sus platos apretando un par de botones debió haber transcurrido un abismo temporal y tecnológico incomprensible para mí.

Ese mismo avance vertiginoso le provocaba dudas. Solía calentar las comidas más tiempo del debido pues desconfiaba de esa instantaneidad, sometía la pizza a períodos prolongados de los cuales el queso salía casi hecho suero otra vez. O quizás era el entusiasmo, el poder intoxicante de apretar botones y obtener lo que antaño le había requerido tanto esfuerzo. Nunca llegué a develar ese misterio, pero puedo asegurar, sin temor a equivocarme, que aquel electrodoméstico la hacía feliz.

Personalmente, nunca pude acostumbrarme al uso del microondas. Siento que la comida preparada o calentada en él sale seca -con la excepción de la sopa, claro- y sobreviven en mi inconsciente las leyendas urbanas que circulaban de boca en boca cuando empezaron a aparecer estos artefactos en las cocinas argentinas, a fines de los ochenta (alcanzaron a popularizarse bien entrados los noventa). Por aquel entonces la nueva tecnología fue recibida con los clásicos relatos que advertían acerca de los peligros de lo desconocido. Desde historias absurdas, como la que aseguraba que una mujer había metido la cabeza en el microondas para secarse el pelo y había muerto calcinada en el acto, a advertencias más genéricas y difíciles de rebatir, como que su uso provocaba cáncer. Advertencias siempre difusas, lo sé, pero es evidente que hicieron mella en mí. Mi abuela, en cambio, las ignoró sabiamente, hasta el día de su muerte (el microondas no tuvo nada que ver).

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