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Lo que quedó en las cosas: una obra colectiva para activar la memoria a 50 años del golpe de Estado

Un objeto, un archivo, un recuerdo, una necesidad, una convicción, un espacio, un repaso. A cincuenta años del Golpe de Estado de 1976, la pregunta sobre cómo activar la memoria encontró en la localidad bonaerense de Pergamino una respuesta colectiva: usar el lenguaje de los objetos para contar lo que pasó en cada década.

De eso se trata la experiencia impulsada por el colectivo Nadie Olvida Nada, arte con memoria (NON). «Laboratorio sobre la Memoria», es una acción abierta, en construcción, que convoca no solo a artistas sino a toda la comunidad a pensar, compartir y narrar estos cincuenta años desde lo cotidiano.

La propuesta empezó con una invitación a reunirse. Armar un grupo que no estuviera compuesto únicamente por integrantes del colectivo, sino también por artistas de distintas disciplinas, vecinos y vecinas. La consigna inicial fue hablar, compartir experiencias, visiones, anécdotas, recuerdos de estas cinco décadas atravesadas por la dictadura y sus consecuencias. De esas primeras reuniones, surgieron algunos ejes que ordenarían el trabajo. El rol de los medios masivos de comunicación en la construcción de subjetividad y cultura, y la tensión entre esa narrativa mediática y la vida cotidiana.

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En los años 70, especialmente lejos de los grandes centros clandestinos, era difícil saber lo que realmente estaba pasando. Mientras avanzaba el terrorismo de Estado, con secuestros, desapariciones y robo de bebés, el día a día seguía atravesado por otra superficie, la de los diarios, la televisión, la publicidad, el cine. Ese cine que, en gran medida, evitaba contar lo que estaba pasando. Las películas de Olmedo y Porcel, las de Palito Ortega, los personajes de Carlitos Balá, construían un universo donde predominaban la picaresca, el entretenimiento o incluso la exaltación de figuras como la policía. Nada de eso reflejaba el horror que ocurría en paralelo.

Bien vale la pregunta por los 30.000

A partir de esa contradicción, el colectivo encontró una forma. Construir una obra que pusiera en tensión esos dos planos. Lo cotidiano y lo mediático. Lo tridimensional y lo bidimensional. Así nació la idea de una acumulación. Por un lado, las paredes cubiertas de gráfica, de diarios, de titulares, de discursos, de fragmentos de políticas culturales y mediáticas que atravesaron cada época. Por otro, en el centro, los objetos.

Del presente al pasado

El espacio fue dividido en cinco sectores, correspondientes a las cinco décadas que van desde 1976 hasta 2026. Pero el recorrido no es cronológico. El espectador entra por el presente y va hacia atrás. Lo primero que aparece es una motosierra, una imagen actual cargada de sentido político. No está iluminada, está en la sombra. A partir de ahí, el camino retrocede. En el medio, un rollo de papel prensa, símbolo de otra época y de otra forma de circulación de la información. Al final del recorrido, marcando el inicio de la última dictadura, una puerta de Falcon. Ese orden es deliberado.

A lo largo del espacio también aparecen frases que condensan distintos momentos de la historia reciente y la no tan reciente: ”Los argentinos somos derechos y humanos” (1976), “Con la democracia se come, se cura y se educa” (1986), “Siganme, no los voy a defraudar” (1990), “Vengo a proponerles un sueño” (2003), “¿Qué te pasa Clarín? ¿Estas nervioso?” (2005), “La patria es el otro” (2013), “Veníamos bien, pero de golpe pasaron cosas” (2018), “Los argentinos descendimos de los barcos” (2021), “La casta tiene miedo” (2025). Fragmentos de discursos que, como los objetos, funcionan como signos de época.

Pero quizás lo más fuerte no está solo en la disposición, sino en cómo la obra se fue construyendo. Porque esto no es una obra en el sentido tradicional. No hubo inauguración. No hay cierre. Es, como lo definen quienes la impulsan, un laboratorio sobre la memoria. Desde el inicio, la comunidad respondió con una participación activa. No solo visitando el espacio, sino aportando objetos. Bicicletas, patines, monopatines, ropita de bebés nacidos en el exilio, teléfonos, muchos teléfonos que se repiten como eco de distintas décadas, documentos, fotos.

Objetos comunes que, al ser colocados en ese contexto, acumulan y producen (más) sentido. Incluso después de abierto el espacio, la gente seguía llegando con cosas para sumar. Hasta último momento alguien aparecía con un objeto, con una historia, con algo que quería dejar ahí.

Y en ese gesto aparece otra dimensión, la confianza. No se trata sólo de exhibir, sino de cuidar. De poner en manos de otros algo propio para que forme parte de una memoria colectiva. El recorrido, entonces, se vuelve inevitablemente lento. Nadie pasa apurado. Los objetos detienen. Invitan a observar, a reconocer, a recordar. “Esto lo tenía mi abuela”. “Yo tengo uno igual”. Cada pieza activa algo.

Los objetos como activadores de memoria

En uno de los sectores, un proyector reproduce novelas, publicidades y noticieros de la época de la dictadura. Las imágenes generan un efecto inquietante cuando se las pone en relación con lo que estaba ocurriendo al mismo tiempo. La gente se queda. Mira. Se instala en ese tiempo superpuesto. Pero hay objetos que abren capas aún más profundas.

Una foto de un viaje de egresados a Bariloche, la de una promoción del 74, fue dejada por alguien como un recuerdo más. Tiempo después, otra persona la observó con detenimiento. Empezó a buscar caras conocidas. Y encontró una. Era una compañera suya, Clarisa García, desaparecida en el 77. La señaló. La nombró. El colectivo no conocía esa historia. La obra la reveló.

En otro caso, una camisa y un pantalón de los años 70 fueron aportados por Malala, hermana de Gerardo Pérez, un desaparecido de Pergamino. Eran las prendas que él usaba en su casa, las que sus padres, ya fallecidos, habían conservado durante años, esperando que algún día vuelva. Con el tiempo se supo que a Gerardo lo habían asesinado de un disparo en la cabeza.

Esos objetos, entonces, dejan de ser solo objetos. Son presencias. La obra crece así, en capas. Un trabajo en proceso donde cada nuevo aporte puede modificar el sentido del conjunto. “Frente al individualismo, iniciamos una acción poético política colectiva que se presentará el 23 de marzo dando inicio a nuestra vigilia”, señalan desde NON, y convocan a quienes querían participar a llevar objetos cotidianos, entre 1976 y la actualidad, también publicaciones de periódicos, revistas, publicidades, afiches. El lunes 23 de marzo se realizará la vigilia y posterior marcha al árbol de la memoria. La obra se puede visitar en Arte+, espacio ubicado en Echeverría 555, ciudad de Pergamino.

Los primero de pasos de “Nadie Olvida Nada, arte con memoria”

Los primeros pasos de NON se remontan a un nuevo 24 de marzo, el de 2011, en un contexto donde la fecha comenzó a volverse bandera para aquella sociedad que empezaba a comprometerse con un hecho desgarrador, antes solapado. Un escenario particular, porque mientras se abría un camino de lucha, los medios hegemónicos y algunas de sus figuras insistían en instalar una narración alternativa sobre la memoria de la dictadura, teñida por una versión basada en la “teoría de los dos demonios”, que volvía a sembrar dudas sobre el número de desaparecidos y reactivaba el famoso “algo habrán hecho”.

La necesidad de revisar aquel pasado encontró en el arte su forma. Así nació la primera muestra: entre dudas sobre cómo convocar, bajo qué nombre, con la incertidumbre propia de todo inicio, pero con la certeza de que la memoria es el camino. Coordinado por Silvana Gherlo y Silvina Morris, artistas y docentes que trabajan en Pergamino, el grupo fue creciendo con la incorporación de colegas y compañeros de distintos lenguajes, de Pergamino y de otras ciudades. Ahí es donde Hugo Masoero, artista y docente rosarino comienza a participar, ya no solo como artista sino como curador y coordinador de todas las propuestas poéticas y artísticas.

Con el tiempo, una de sus utopías se volvió realidad al exponer en la ex ESMA. En esa muestra emblemática participó el artista Juan Carlos Romero, cuya obra es su remera. El nombre apareció como una definición en sí misma. “Nadie Olvida Nada”, la doble negación es, en idioma español, subvertido en contundente afirmación. Como un repiqueteo lingüístico, se vuelve una apelación al recuerdo para que definitivamente “Todos Recuerden Todo”.

El colectivo fue mutando hacia una lógica cada vez más abierta. Desde 2017, la calle se volvió también territorio de acción, especialmente a partir de la “Masacre de los 7” en la Comisaría Primera de Pergamino. Allí, el espacio público dejó de ser solo escenario para convertirse en soporte. Estar ahí para remarcar lo sucedido, para subrayar aquello que debe ser recordado. Es que si algo sostiene NON es que la memoria es una práctica en presente, no en pasado, siempre en disputa, en construcción y en movimiento.

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