El obispo Luis Urbanc presidió la misa de clausura del Septenario, enmarcada en el Bicentenario del nacimiento del Beato Mamerto Esquiú, donde destacó el papel de María como madre espiritual.
Con la tradicional procesión anual, culminaron este lunes las fiestas en honor a Nuestra Señora del Valle. La misa de clausura fue presidida por el obispo diocesano, Mons. Luis Urbanc, y concelebrada por Mons. Virginio Domingo Bressanelli, obispo emérito de Neuquén, junto a numerosos sacerdotes del clero catamarqueño y peregrinos.
En su homilía, Urbanc dio la bienvenida a los presentes, entre ellos a jóvenes del Hogar de Cristo de Santiago del Estero, quienes recibirán una réplica de la imagen de la Virgen. El prelado enmarcó el Septenario en el Bicentenario del nacimiento del Beato Mamerto Esquiú, «fidelísimo devoto» de la Virgen, e invitó a reflexionar con sus palabras.
El obispo se refirió al pasaje bíblico de Juan (19, 25-27), donde Jesús entrega a su madre al discípulo amado. «María se convierte en Madre espiritual de la Iglesia y de cada creyente», afirmó, destacando que su presencia firme al pie de la cruz la muestra como «la ‘mujer’ del Nuevo Testamento, que participa activamente en la redención».
«Acoger a María en nuestra vida significa imitar su fe, su silencio, su ternura y su obediencia a la voluntad de Dios», expresó Urbanc. Añadió que el camino de fe está «unido de manera indisoluble a María» desde que Jesús la dio como madre desde la cruz, un acto con «valor de testamento».
Finalmente, el obispo dirigió una oración a la Virgen del Valle, utilizando las mismas palabras del Beato Mamerto Esquiú: «Virgen dulcísima… multiplicad en nosotros vuestras antiguas misericordias y alcanzadnos aumento de fe y caridad».
