viernes, 31 de octubre de 2025 20:20
Esa tarde de octubre decidí visitarlo junto a un grupo de vecinos. Al llegar al pueblito de Los Nacimientos nos sorprendimos de la paz reinante, entremezclada con el canto de grillos y pájaros. El pueblito parece detenido en el tiempo, con escaso alumbrado público y un puñado de casas extendidas sobre la barranca oeste del río Abaucán. En una de esas casas de adobe y techo de cañas, a la usanza tradicional catamarqueña, pasas sus años el hombre en cuestión…
Don Máximo Chayle tiene 88 años. Dice que es hijo de Custodio Chayle, aunque lo criara su abuelo Santos Chayle. Su madre: Lucía Carrizo. Todos nacidos en Los Nacimientos; el abuelo cuenta que correspondían a los primeros pobladores.
-“De principios de 1800”, enfatiza el abuelito, mientras se acomoda la gorra para despejarse la frente y mirarme directo a los ojos. Tiene la mirada mansa, pero curiosamente, de iris, oscuros e inquietos; de esos que albergan júbilo y buena carácter, pese a los achaques que los años han ido tallando en su rostro acicalado y en un cuerpo esmirriado que lo sostiene apenas. Pese a sus años, don Máximo, demuestra cierto espíritu juvenil y sonríe con la picardía sana dibujada en sus labios grises. De tanto en tanto, dibujan una sonrisa, resuelta y agradable.
Nos refiere que su compañera supo llamarse Lilia Reales, oriunda de Tatón, fallecida hace cincuenta años. Lo expresa con naturalidad, como quien ya se ha resignado a los reveses de una vida precaria y difícil.
“-Tengo muchos hijos”, esboza, siempre sonriente. Luego aclara que son dos. María Chayle (50) que vive junto a él y los nietos. Ella, también sonríe y muestra dos curtidas manos que posan afectuosamente sobre los hombros del anciano. El otro hijo es Luis, de 57 años; vive junto a su familia en el mismo pueblo.
Don Máximo acota que aprendió el oficio de carpintero de su abuelo, don Santos; que cuando tenía diez años comenzó a travesear junto a él; que era muy laborioso e ingenioso y hacía toda clase de muebles. Por entonces la madera del algarrobo abundaba, “No como hoy, vio, “dice, que apenas si se encuentran unos pocos restos de troncos para hacer sillas o mesas pequeñas. Nos hace señas para mostrarnos las sillas en las que nos hallamos sentados y ríe al decir:
-“Como esas vio, que tienen medio siglo por lo menos, varios gorditos se sentaron ahí, se ve que aguantan, afirma. Todos reímos de su ocurrencia.
Ciertamente, la mirada de don Máximo es penetrante y agradable. Indudablemente, denota la virtud de la gente mayor que ha vivido mucho y ha cosechado innumerables experiencias.
Estudia el techo de cañas oscurecido por el fuego a leña, tose y expone:
-“Mi abuelo se levantaba al alba para preparar la madera y dedicarse a la elaboración de mesas, sillas, y todo tipo de enseres que podía hacer. La carpintería era de tipo artesanal como la que yo mismo trabajé hasta los ochenta años, porque la espalda y las piernas ya no me daban…”
Nos dice que por entonces le llovían los pedidos para hacer muebles desde Comodoro Rivadavia, Buenos Aires, Córdoba y, por supuesto, de la zona del distrito de Fiambalá. Lo dice con humildad, sin ostentación alguna, aunque todos sabemos que como carpintero, DON MÁXIMO, con mayúsculas en todo aspecto, más que un carpintero fue un verdadero y reconocido artesano de la madera. Nadie olvida que dibujaba muebles como sacados de un libro de arte, libro con el que nunca supo contar, porque en realidad solo se valía de la profunda inspiración y el sentido artístico de un elegido por las musas. Quizás a eso se debió que su fama de creador de la madera traspasase las fronteras de la provincia de Catamarca. Aún hoy, se lo recuerda con enorme cariño y se añoran sus obras de arte en algarrobo como las puertas, ventanas y varas para techos de las otroras casonas de don Macco, Alfredo Pereyra, Legarralde y Absalón Morales, en Saujil; Reynoso, Pachado y Quintar en Medanitos; Brunello, Navarro, Séquer de Fiambalá, por citar algunas viviendas de familias tradicionales que aún resguardan verdaderas obras de arte dentro y fuera de las mismas. obras que, seguramente, superarán a su modesto creador por vario decenios más.
Don Máximo, aclara que su carpintería consistía en un ranchito donde guardaba herramientas. “Aún está por ahí como la mesa de trabajo de madera maciza.” Los vecinos de Los Nacimientos refieren que solía verse al hombrecito desde bien temprano, de sol a sol, abocado a su labor, para convertir un trozo de algarrobo en un mueble magnífico y que siempre despertaba admiración.
-“ Por eso le llovían los pedidos, su manera de trabajar la madera era envidiable, y no era carero”, interviene un vecino.
Alguien expone que no contaba con sierra sin fin, solo serruchos, mazas, martillos y sierras.
Nadie olvida que ni el zonda ni el viento blanco detenía sus manos si acaso tenía trabajo por hacer. Su hijo Luis heredó el oficio y de tanto en tanto, alterna sus tareas de productor con la faena de la carpintería. Aunque la madera escasea, últimamente, los bosques de algarrobo han padecido la tala indiscriminada para leña y otros enseres. Don Máximo cuenta que hasta hace un par de décadas solía verse a grandes camiones con rollos de madera que trasladaban hacia otros confines de la provincia.
Como es de suponer, la tala descontrolada fue dejando, inevitables y profundas huellas, hasta ir convirtiendo el paisaje en un desolado medanal hacia el oeste, algo que hoy preocupa seriamente a los pobladores.
De productor viñatero: don Máximo nos cuenta también que supo ganarle al médano unas dos hectáreas para tener su propia viña. Aún pervive, aunque siendo mayor ya no puede dedicarse a esas labores y tiene los cultivos prácticamente abandonados.
Levantando la cabeza con dificultad (los dolores en la espalda y las rodillas ya no le permiten mantenerse demasiado en pie, ni erguirse completamente sin ayuda) me dice que no entiende cómo los jóvenes de hoy se quejan tanto, ya que los encuentra desganados, y poco dispuestos al trabajo duro. Hoy todos quieren ser oficinistas, no se quieren ensuciar o arruinar las manos con callos, desliza, dejando escapar una risa irónica.
– “Yo habré tenido unos veinte años cuando comencé a pelearle el médano, a punta de pala, ¡eso sí!, ayudado con la familia en el desvío de agua (me muestra una hermosa y profusa acequia, cuya agua corre bulliciosamente, al solaz de algarrobos y enredaderas silvestres que le dan un colorido magnífico al extenso patio que desencadena en una bajada hacia el río Abaucán, que se despereza holgadamente entre juncales hacia el oeste.
-“Solía sacar 450 gamelas de uvas (10.000 Kgs, Aprox). El año pasado: apenas 50, ( 2000 Kgs. Aprox)” Don Máximo se queja del abandono obligado que hoy presenta la viña, sin obviar lo mal pagada que fue la uva en la última cosecha por un bodeguero de Tinogasta, especialmente a los productores de Medanitos”. Porque aclara:
– “Encima de fiada, en cuotas…pero bue,…esta es la vida del pobre” Luego, agrega, resignado; su mirada es triste y se pierde contra el piso de tierra. “–Tanto esfuerzo para nada, si acaso nos uniéramos los productores esto no pasaría, ningún político nos defiende hoy en día, todos son iguales, piensan en ellos nomás…”
Al cabo, el anciano, con la espalda encorvada, saca un pañuelo blanco de un bolsillo; se seca las lágrimas espesas que le corren por las mejillas, (da mucha pena verlo así) y luego se suena la nariz. Suspira hondo el hombre, resuella, se acomoda la gorrita, le bajó el cansancio, la pesadumbre le aflora desde adentro y se refleja en un destello de mirada furibunda. Para desviarlo del tema de la cosecha insisto con lo su oficio de carpintero, de cuando era joven y jugaba al fútbol. Entonces, levanta la cabeza, sonríe y acota:
-Yo hacía de todo con la madera que conseguía o me traían: mesas, sillas, catres, cucharones, cucharas, aparejos, Etc. Y todo lo vendía, no era mucha la platita que ganaba pero alcanzaba para pucherear con la familia, todo el mundo trabajaba, como le dije. En esa época venían de todos lados a comprar y pagaban. Y si acaso alguno por ahí me pedía unas sillas y una mesa que no tenía, (recién casados, vio) se las fiaba. La palabra valíA entonces y siempre me pagaban.
Al final, don Máximo nos relata que por mil novecientos cincuenta se les dio junto a otros muchachos hacer una cancha de fútbol en medio del médano, que trabajaron como burros y entre todos, (el pueblo muy unido entonces) lo lograron. Que allí se juntaban a jugar al fútbol de changos, aunque la cancha estaba como a dos kilómetros de Los Nacimientos, igual les gustaba ir aunque volviesen campo traviesa y de noche. “Cuando ya nos fuimos volviendo grandes la cancha fue regresando al padre” (sonríe): el médano, aclara, “así está hoy”.
Lo noto jadeante, y decido dejarlo al hombre, demasiado nos ha ilustrado de sus oficios y años en su querido pueblito Los Nacimientos, a escasos 6 kilómetros de Medanitos y 28 de la ciudad de Fiambalá.
Pese a los años de don Máximo me extiende la mano y aprieta con firmeza. Es un placer haber conversado con tan ilustre persona de mi pueblo, un verdadero artista de la madera, sin dudas: EL GRAN CARPINTERO.
Por: Prof.- Esc. Guillermo Antonio FERNÁNDEZ
Fiambalá – Catamarca
