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Tensiones en la UIA ante la debacle

En la historia económica argentina hay paradojas que se repiten con una persistencia casi estructural. Una de ellas se observa hoy con particular nitidez: mientras el sector industrial atraviesa uno de los ciclos recesivos más prolongados de las últimas décadas, la representación institucional de los empresarios fabriles mantiene un perfil público sorprendentemente moderado frente al rumbo de la política económica.

El último Monitor de Desempeño Industrial (MDI) elaborado por la Unión Industrial Argentina registra 15 meses consecutivos de caída en la actividad manufacturera, una secuencia que confirma el deterioro persistente del sector. En paralelo, el Informe Sectorial de la consultora Audemus señala que entre 2023 y 2025 la actividad industrial acumuló una contracción promedio del 7,9%, desempeño que ubica a la Argentina como el segundo peor resultado industrial del mundo, solo por detrás de Hungría. La contracción también se expresa en el tejido productivo y en el empleo. Durante los dos primeros años del gobierno de Javier Milei cerraron 2.436 empresas industriales y se perdieron alrededor de 73 mil puestos de trabajo en el sector.

Sin embargo, la UIA, conducida mayormente por grandes grupos empresarios, ha optado por un tono público cauteloso, limitado a documentos en los que expresa preocupaciones generales pero que, en muchos casos, terminan reafirmando su respaldo al rumbo macroeconómico del Gobierno.

Esa prudencia institucional empieza a generar tensiones hacia adentro de la propia entidad. Las pequeñas y medianas industrias «que dependen mucho más del mercado interno y tienen menor espalda financiera para soportar ciclos recesivos» comienzan a reclamar una postura más explícita frente a un esquema económico que combina apertura casi indiscriminada de importaciones, atraso cambiario y una fuerte caída del poder adquisitivo, factores que golpean simultáneamente a la producción local.

La cuestión de fondo es que la caída de la industria no aparece como un error del modelo, sino como una consecuencia previsible de su propio diseño. La cuestión de fondo es que la caída de la industria no aparece como un error del modelo, sino como una consecuencia previsible de su propio diseño.

También las uniones industriales del interior del país han empezado a adoptar un tono más confrontativo, reflejando la fragilidad de los entramados productivos regionales. Una señal de esa inquietud se expresó a fines de febrero, cuando industriales del Norte Grande se reunieron en Tucumán. Tras el encuentro difundieron un documento en el que manifestaron su «profunda preocupación» por la situación del entramado productivo y advirtieron que existe un escenario de incertidumbre creciente que pone en riesgo la continuidad de muchas actividades industriales y, con ellas, miles de puestos de trabajo genuinos.

La cuestión de fondo es que la caída de la industria no aparece como un error del modelo, sino como una consecuencia previsible de su propio diseño.

Y mientras la conducción de la UIA continúa exhibiendo una cautela que muchos industriales «sobre todo pequeños y medianos, y particularmente del interior» consideran ya exasperante, el Gobierno profundiza un rumbo en el que la industria parece haber dejado de ser un objetivo estratégico para convertirse, apenas, en una variable prescindible del nuevo orden económico.

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