El programa aplicado durante la última dictadura militar implicó una transformación estructural regresiva que desarticuló el entramado productivo nacional. A casi medio siglo, el rumbo económico impulsado por el presidente Javier Milei vuelve a poner en vigencia algunos de aquellos principios rectores.
El modelo de 1976 inauguró la lógica de la valorización financiera en detrimento de la producción. La apertura comercial indiscriminada, combinada con atraso cambiario, derivó en una desindustrialización profunda: miles de pequeñas y medianas empresas desaparecieron. La economía se replegó hacia sectores primarios, con menor capacidad de generar empleo y valor agregado.
Ese giro se consolidó con la reforma financiera de 1977, que convirtió al sistema económico en terreno fértil para la especulación. Las altas tasas de interés y la liberalización del mercado de capitales impulsaron la llamada “bicicleta financiera”, desplazando la inversión productiva. En paralelo, el endeudamiento externo creció de manera explosiva, pasando de niveles manejables a convertirse en un condicionante estructural que atravesaría las décadas siguientes. La estatización de deuda privada propiciada por Domingo Cavallo hacia el final del régimen terminó de socializar pérdidas.
El correlato social fue previsible: caída del salario real, concentración del ingreso y debilitamiento del entramado sindical, en un contexto donde el disciplinamiento no fue sólo económico, sino también represivo.
Como puede advertirse, la somera descripción de la lógica del modelo de la dictadura y sus consecuencias en el plano económico y social remite inevitablemente a la situación actual. Las similitudes son contundentes, aunque no sorprendentes.
El modelo económico libertario guarda enormes similitudes con el implementado por la dictadura hace ya medio siglo. El modelo económico libertario guarda enormes similitudes con el implementado por la dictadura hace ya medio siglo.
El ajuste fiscal, la reducción del Estado como actor económico y la apuesta a la apertura comercial como mecanismo de estabilización son copiados de aquella matriz, aunque se presenten como parte de un esquema novedoso. La idea de que el mercado, liberado de regulaciones, asignará eficientemente los recursos, vuelve a ocupar el centro de la escena.
La apertura de importaciones como herramienta para contener la inflación reproduce una tensión conocida. La competencia externa puede disciplinar precios, pero también impacta de lleno en el tejido Pyme. La experiencia histórica indica que, sin mecanismos de protección o transición, el resultado suele ser la contracción de la actividad y la pérdida de capacidades productivas.
Además, se verifica una transferencia hacia sectores concentrados, en especial aquellos vinculados al capital financiero o a actividades exportadoras.
Sin embargo, mientras el modelo de la dictadura se impuso en el marco del terrorismo de Estado, sin legitimidad democrática ni posibilidad de discusión pública, el actual programa económico se desarrolla dentro de las reglas de la democracia. Esa misma democracia legitima el debate público sobre modelos y también habilita que otras miradas alternativas pueden aparecer para gestionar un país aun condicionado por las políticas implementadas hace medio siglo.
