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Política exterior argentina: un análisis sobre la necesidad de una inserción global activa y multidireccional

El texto, firmado por un exfuncionario, plantea la necesidad de que la Argentina retome un rol protagónico en la gobernanza global y abandone el alineamiento automático. Propone una hoja de ruta con diez puntos que incluyen el regreso al Pacto del Futuro y a la OMS, y la defensa de los derechos soberanos sobre las Islas Malvinas.

La actual elección de un nuevo secretario o secretaria general de la Organización de las Naciones Unidas, a un año de las próximas elecciones presidenciales, constituye un buen momento para reflexionar sobre las diversas tendencias en el escenario internacional y qué política exterior deberá instrumentar hacia adelante la Argentina para acompañar su progreso interno y volver a ser un actor internacional de relevancia.

Una política exterior moderna no es una sucesión de incidentes; es una composición de decisiones racionales, con un fuerte anclaje en la realidad nacional, y con un delicado equilibrio entre los intereses y valores nacionales y las tendencias globales, que constituyen el inescapable marco de referencia. La política exterior de un país no debe ser la continuación de la política interna por otros medios —Clausewitz dixit— ni ser diseñada en términos de momentos electoralistas. Cada vez importa más lo que sucede más allá de nuestras fronteras nacionales, ya que estamos en un mundo altamente interdependiente y cotidianamente consumimos globalización. La fraternidad, principio cardinal de la convivencia universal, se constituye hoy en un bien común humanitario.

En el plano externo ello implica mantener firme y convincentemente el necesario equilibrio entre nuestros valores y nuestros intereses nacionales, alejado de especulaciones ideológicas y de imaginarios voluntarismos. Debemos insertarnos en el escenario global en función de nuestras necesidades de desarrollo y progreso, de forma de adaptar nuestra política exterior a los tiempos fluctuantes. Deberemos diseñar y aplicar una política exterior acorde con las realidades de este siglo XXI en forma amplia y multidireccional. En tal contexto, cabe una primera reflexión en torno a cuál es la inserción internacional más adecuada para poder beneficiarnos y aprovechar los beneficios globales. O sea: ¿cómo maximizar nuestros valores e intereses nacionales?

Hoy, en aras del realismo político, pareciera más efectivo acompañar procesos fundamentados en esquemas de poder y paradigmas de áreas de influencias de poder duro casi siempre definidas en términos militares con el consiguiente riesgo de relaciones de subordinación. Emergen, nuevamente, liderazgos voluntaristas y expansionistas más apropiados a arcaicas épocas imperiales que a los modernos tiempos post westfalianos en donde Nosotros los Pueblos (palabras iniciales de la Carta de la ONU) adquieren cada vez mayor relevancia. En contraposición, la aproximación a un escenario global cada vez más complejo a través del prisma de la gobernanza global y de la diplomacia multilateral, es percibida como idealista.

Se critica a la ONU y, en general, al sistema institucional internacional por su ineficacia y excesiva burocracia, no sin cierta dosis de hipocresía, ya que la ONU no es una organización supranacional; es una organización internacional de 193 estados soberanos, con la salvedad de que los más poderosos a veces influyen más, como que hay cinco países con poder de veto. Por lo tanto, la ONU requiere del compromiso de sus miembros con el cumplimiento de los principios y propósitos de la Carta, y no de una lectura parcial y sesgada por intereses nacionales. Parafraseando a John Fitzgerald Kennedy, expresidente de EE.UU., no preguntes qué puede hacer la ONU por ti, pregunta qué puedes hacer tú por la ONU…

Paradoja de estos tiempos que, en aras del realismo eficiente, se reduce el presupuesto de la ONU (4.000 millones dólares), al tiempo que crece exponencialmente el gasto militar global (2,89 billones de dólares) y los conflictos en el mundo (más de 65). Se requiere de más diplomacia multilateral, y menos armamentismo diplomático. En este escenario el gobierno argentino no le asigna la dimensión ni la relevancia que le corresponde a la Organización de las Naciones Unidas –único país de los 193 miembros de la ONU que se disoció del Pacto del Futuro, con sus dos anexos: Declaración sobre las Generaciones Futuras y el Pacto Digital Global, retiro de la Organización Mundial de la Salud-; y adhiere a la Junta de la Paz, “institución internacional” creada en 2025, compuesta solamente por unos 27 países, y sin legitimidad ni legalidad internacional.

Asimismo minimiza la importancia existencial del desafío del cambio climático y del Acuerdo de Paris; se retiró de la Fuerza Provisional de las Naciones Unidas para el Líbano (FPNUL), y cambia posiciones tradicionales de la política exterior de la República, traduciéndose en votos en soledad o acompañando minorías en la Asamblea General de la ONU, lejos de nuestros aliados y amigos tradicionales: Mercosur y países de la región y del continente, Union Europea, África y Asia, acorde con una necesaria política exterior multidireccional.

De cara al futuro, la República Argentina no puede seguir siendo un simple espectador de los acontecimientos mundiales; debemos involucrarnos activamente en la gobernanza global de este siglo XXI a través de una política exterior multidireccional, desideologizada y en función del centro de gravedad del futuro de nuestro país: su desarrollo y progreso. Es imprescindible volver a las líneas de acción política tradicionales de nuestra Republica, alejadas de lecturas e interpretaciones coyunturales del escenario internacional, apoyadas en efímeras amistades. Es necesario desvincularse del corto plazo electoralista, y desarrollar una visión estratégica e institucional.

La política exterior deberá involucrarse activa y seriamente en los asuntos regionales y globales, ya que ella funciona como una suerte de brújula que guía los caminos de la Nación. Por lo que su diseño e instrumentación exige idoneidad -único requisito para el ejercicio la función pública, de acuerdo con el artículo 16 de nuestra Constitución Nacional-, profesionalismo y mesura y ponderación al momento de tomar decisiones. Una política exterior multidireccional, podría diseñarse sobre la base de las siguientes premisas:

  1. Relaciones pragmáticas, no ideológicas con todos los Estados, tendientes al progreso y desarrollo argentino; siempre basadas en el interés y valores nacionales dentro del marco global, teniendo en cuenta que el alineamiento no es política, ya que condiciona y reduce el margen de acción diplomática. En el siglo XXI, la geografía clásica y la conectividad ciberespacial son los ámbitos de proyección diplomática, política de buena vecindad e Integración regional: Mercosur y países vecinos, ya que, a diferencia del alineamiento, las alianzas maximizan los intereses.
  2. Importancia de fortalecer la relación con los países con los que tenemos acuerdos de libre comercio, en especial con los países de la UE, con los que nos unen lazos de historia amistad y futuro.
  3. Ser un actor internacional activo y responsable en el escenario global: participar efectiva y seriamente en todos los ámbitos bilaterales y globales, privilegiando el multilateralismo y el respeto al Derecho Internacional y los principios y propósitos de la Carta de la ONU. Buscar aggiornar y adaptar la ONU a los desafíos del siglo XXI, con un activo compromiso: anunciar que la Republica Argentina se asocia al Pacto del Futuro, y regresa a la Organización Mundial de la Salud.
  4. Defensa y promoción del soft power argentino: cultura, educación, innovación, ciencia, tecnología, ecología, deporte…
  5. En el plano estrictamente diplomático, fomentar los viajes oficiales y de trabajo del jefe de Estado y del ministro de Relaciones Exteriores con precisas agendas para fortalecer los vinculos bilaterales y la promoción de los valores e intereses nacionales. El siglo XXI exige más diplomacia, y menos armamentismo diplomático.
  6. Coordinar nuevamente políticas con nuestros principales socios y aliados, con visión estratégica y alejados de voluntarismos de corto plazo.
  7. Reafirmar nuestra política en temas de derechos humanos, género y cuestiones sociales, teniendo en cuenta que la reforma de la Constitución Nacional en 1994 otorga jerarquía constitucional a 11 instrumentos internacionales.
  8. Volver a la histórica política en materia de votación en el tema de Palestina, en el ámbito de la ONU.
  9. Volver a las votaciones tradicionales en cuestiones de fomento al desarrollo y cuestiones sociales, con consonancia con los países de la región.
  10. Promover junto con los países del Mercosur la apertura de mercados y firma de tratados de libre comercio, para seguir abriendo nuestra economía e insertarla en los mercados mundiales en beneficio del progreso y desarrollo del pueblo argentino. Y fomentar mecanismos de regulación global de la IA, tal como lo proponen entre otros Dario Amodei director ejecutivo de Anthropic, de manera de ayudar a su pleno desarrollo y uso como instrumento en beneficio de toda la humanidad, y no como eventual agente autónomo de deshumanización.

Esta hoja de ruta tiene un punto adicional: la Cuestión de las Islas Malvinas, Georgias del Sur, Sándwich del Sur y espacios marítimos e insulares correspondientes, cuya reafirmación de nuestros derechos soberanos y recuperación pacifica, es motivo de una Cláusula Transitoria de la Constitución Nacional de 1994. Este tema de consenso nacional exige continuidad en la negociación diplomática, consciente que en toda negociación -aun las bilaterales- nunca se está solo: los amigos y aliados ayudan y acompañan, por lo cual no hay que alienarlos. Aliados y amigos que, como modernas circes, nos advierten sobre los cantos de sirenas.

Hoja de ruta que, para tener la necesaria sustentabilidad en el tiempo, requiere de conceso político, apoyo institucional del Poder Legislativo y sectores representativos de todas las actividades privadas, así como del acompañamiento societario. Y para acompañar esta hoja de ruta, un elemento fundamental: el fomento de la concordia, de la convivencia pacífica y próspera de todos los argentinos respetando los principios republicanos de nuestra Constitución Nacional.

Concordia que, además, genera la necesaria confianza externa para ser un actor relevante y poder contribuir al diseño y la ejecución de un efectivo multilateralismo necesario para abordar los grandes desafíos y crisis del siglo XXI y que, en el caso argentino, concierne a nuestro interés nacional. Concluyo citando al excanciller Carlos Saavedra Lamas, en el año de la conmemoración del 90 aniversario del otorgamiento del premio Nobel de la Paz: Señores: en los cimientos de la sociedad contemporánea se siente un anhelo, un ansia profunda de armonía. Necesitamos, para restablecer el equilibrio en lo político y en lo económico, una paz fecunda y benigna, no solo en la previsión de las guerras, sino también en el restablecimiento de la cooperación.

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