Un repaso por la labor de las lavanderas del río Santa María en los siglos XIX y XX, un oficio que se extinguió con la llegada del agua corriente.
El río Santa María, en Catamarca, fue escenario de un oficio que marcó la vida de varias generaciones de mujeres: el lavado de ropa a orillas del cauce. Según relatos históricos, las lavanderas santamarianas de los sectores populares cumplían una rutina que comenzaba antes del amanecer y se extendía hasta la noche.
El trabajo incluía el traslado de atados de ropa ajena desde las casas de comerciantes, hacendados o familias con mejor pasar hasta la ribera del río. Las mujeres descendían las pendientes con bateas al hombro o bultos equilibrados. Una vez en la orilla, separaban las prendas, preparaban jabón de vaca hecho en casa y buscaban el pocotillo, una planta utilizada para blanquear las telas.
Arrodilladas o inclinadas junto a la corriente, refregaban las prendas sobre la madera de las bateas o contra las piedras. Luego tendían la ropa a lo largo de la ribera. Al regresar a sus hogares, continuaban con el planchado utilizando pesadas planchas de hierro calentadas con brasas o sobre el fuego de la cocina.
Además de esta labor, las lavanderas cumplían tareas domésticas: encender el fogón, amasar el pan, cuidar a los hijos y remendar la ropa propia. El pago por su trabajo, conocido como «mosle» o mediante la condición de sirvientas en casas grandes, dependía de la generosidad ajena o de las costumbres del pueblo. Podía consistir en pocas monedas, alimentos o la promesa de una ayuda.
Con la llegada del agua corriente, el oficio fue desapareciendo y transformó el paisaje del río. En la actualidad, el cauce del Santa María presenta cambios respecto de aquel entonces.
